El Duelo


Cómo vivirlo, cómo sobrellevarlo



El duelo comprende todo el tiempo y el espacio que se va a necesitar para procesar y transformar la muerte de un ser querido. El trabajo es altamente personal y, aunque podamos resaltar condiciones generalizadas, no siempre son iguales para todos. Existen reacciones y vivencias que más o menos se comparten, pero siempre vividos en función de las necesidades personales de cada uno. Lo que sí es imposible es medir el dolor y compararlo.

 

Y por eso es básico que no se entren en comparaciones, ya que esto solo suele causar más dolor y sufrimiento. Toda persona que ha perdido a su ser querido, al que quería más que nada en el mundo y que, por supuesto, sigue queriendo, va a sentir que su dolor es el mayor y su experiencia la peor jamás vivida.


Las etapas


Al principio, en los primeros momentos después de la pérdida, que pueden durar horas, días e, incluso, más tiempo, la vivencia de la muerte va acompañada de un aturdimiento casi total. La pérdida, el vacío y el dolor se viven desde un estado irreal, como si una niebla espesa estuviera protegiendo de la durísima realidad que espera más allá de la pasajera incapacidad de sentir. Normalmente, se define como un estado de shock, con la imposibilidad de hablar o expresarse.


“No puede ser” es, a menudo, la primera reacción ante la noticia de una muerte, sea la que sea. Entonces la incredulidad es aún mayor cuando se trata de un ser cercano y querido. El hecho de que esa realidad tan aparentemente sólida se desmorone, muchas veces deja sin capacidad de respuesta. Esta incapacidad también está presente en los sentimientos. Imposible reaccionar, sentir, ni pensar. De pronto, el mundo tan querido y familiar desaparece y, en su lugar, está un panorama inhóspito e irreconocible, poblado de un vacío y una oscuridad total.

Este estado de no-ser, no-sentir, no-pensar suele estar acompañado de algún grado de entumecimiento.

 

 

Es como una protección para no afrontar, de golpe, todo lo que implica la pérdida de ese ser que era, y que sigue siendo, la vida misma. Desde este estado, todo es un poco más llevadero. Los acontecimientos se viven de forma difuminada. Es un estado temporal, sin duración específica. Solo la propia necesidad marcará el tiempo. En cierto sentido, la intensidad de los sentimientos es amortiguada impidiendo darse cuenta del significado real de la pérdida, hasta que se esté mínimamente preparado para hacerlo.

 

 

En la segunda fase, la realidad de la pérdida empieza a hacerse más presente. Entonces, la carencia, el vacío y el dolor hacen su aparición, no dejando de ser angustiosamente insoportables por bastante tiempo.

Existe la necesidad de expresarse, de explicar, de quejarse, de rabiar y la imposibilidad de escuchar los cariñosos consejos de los familiares y amigos. Es un periodo de emociones que se atropellan, de pensamientos que torturan con su crudeza y reiteración y de una falta total de ganas de vivir.


Esta fase comparte espacio con la tercera ya que muchas veces se estará a caballo entre las dos. Ambas están marcadas por el sufrimiento y, aunque este vaya remitiendo lentamente, habrán muchos momentos de seguir pasándolo mal y recaídas desesperantes. La tercera fase, aunque muy parecida a la segunda, se  destaca porque ya se puede escuchar. Aquí quiero destacar una circunstancia que suele marcar una diferencia importante en el proceso de duelo.


Se trata de las creencias. Las creencias, normalmente, van a ayudar a encontrar un sentido a la pérdida, facilitando una incorporación más rápida. No destaco ninguna religión o filosofía, pienso que todo sirve y cada uno tiene el derecho a sus creencias. Además de alimento espiritual, creer en algo después de la muerte nos libera del sufrimiento de no poder ubicar a nuestro ser querido.


La tercera fase implica recaídas y la creciente “presencia de la ausencia” que potencia el echar aún más de menos. Aquí el dolor ya no está permanentemente y los momentos de respiro van a ser esenciales para aguantar la creciente constatación de todo lo que ha desaparecido con la muerte de esa persona, aunque el alcance de la pérdida queda inexorablemente más evidente.


Pero los momentos de sufrimiento y desmoronamiento empiezan a estar acompañados de momentos de reconstrucción y ganas de seguir adelante. También puede haber la sensación de tener que conformarse o resignarse y esto va a requerir la comprensión de los que acompañan. A veces, incluso, la situación  se puede tornar inaceptable, a medida que la posibilidad de solucionar la cotidianidad se va distanciando.

El tiempo puede jugar en contra cuando el entorno espera una superación y una vuelta a la vida normal. En esta etapa se es capaz de escuchar, lo que puede servir para aliviar el dolor, y se busca compartir experiencias similares.


Aquí querría resaltar el papel tan importante que juegan los grupos de apoyo en el duelo, facilitando la compañía, comprensión y escucha que, muchas veces, ya no se encuentra con la familia y los amigos.


Llevo trabajando con grupos de duelo 20 años y, a lo largo de todo este tiempo, he podido comprobar que sirven no solo para los que llegan buscando poder trabajar sus dificultades sino también para los que ya están mejor y comprueban que, a través del grupo que les ayudó, ellos también pueden ayudar a los que lo necesitan.


En los grupos se crea un clima de complicidad que permite sentirse apoyados y acompañados. Este acompañamiento es muy necesario para disipar la sensación casi constante de soledad. Porque la soledad es la compañera perenne de la mayoría de personas que están en pleno proceso de duelo. Soledad por la ausencia, soledad de todo lo que ya no va a ser, soledad de no ser comprendidos y soledad porque, muchas veces, por no saber cómo ayudar, se hace un vacío tanto en casa como en el trabajo. Esto es aún más acuciante si en casa ya se ha recuperado la vida habitual y no parece haber espacio para comprender lo que está pasando y ser comprendidos.


La vivencia En las primeras tres fases se atropellan sentimientos, emociones, pensamientos a veces obsesivos y situaciones inusuales. Rabia, culpabilidad, desespero, llanto, insomnio, pérdida de apetito, agotamiento, falta de concentración, emotividad desbordada, desamparo y soledad. La culpa y el miedo son compañeros asiduos, que desmontan y quitan esa vitalidad muy necesaria para emprender esa reconstrucción que no parece posible pero que, finalmente, aparece en una vuelta del camino. Aparece cuando se puede empezar a transformar la pérdida, cuando el vacío comienza a llenarse una vez más con vida, nuestra vida, y empezamos a dejar de sufrir.


Hay un renacimiento auténtico con todas las connotaciones de la palabra.

Esta es la auténtica superación porque viene del hecho de haber llevado bien el periodo del duelo, de haber llorado todo lo necesario, de haber expresado lo inexpresable, de haber tenido la valentía de aceptar el dolor y haber sobrevivido todos los miedos, las angustias y la ausencia de todo lo que antes era imprescindible.


La superación viene del bienestar de saber que se es más fuerte que el dolor más inaguantable y de constatar que se ha podido con una situación de muerte total, la del ser querido y la propia, que parecía imposible de superar.

Se ha podido y esto significa que ya nunca nada será igual, aquello que había desmontado ha perdido su poder. La vida, entonces, se ve desde un presente crecido y desde una perspectiva que enriquece porque ofrece mil posibilidades que antes ni se soñaban.

 

 

 

Anji Carmelo