Sobre el sufrimiento

El sufrimiento es un fenómeno específicamente humano

            “Una de las dificultades que encontramos en la práctica de Renacer, es la enorme diversidad de términos empleados en los grupos para describir estados de ánimo de sus integrantes; vemos mezclarse emociones con sentimientos y pasiones y el uso de términos tales como dolor, sufrimiento, amor, etc., indistintamente para señalar una vez una emoción y a la vez siguiente un sentimiento.

         Esto nos ha llevado a tratar de encontrar un lenguaje común con la esperanza de facilitar el entendimiento entre las personas y los grupos. 

            Definido este propósito, plantearemos un abordaje a partir de una verdad única que es la misma para todos los integrantes de los grupos: "el sufrimiento por idéntico origen, una experiencia común y cierta para todos”.

        Tomaremos la experiencia en Renacer, como grupo de ayuda mutua existencial, un grupo maduro, firme sobre sus pasos; un grupo que reconoce como decisivo tomar un hecho catastrófico, como es la muerte de uno o más hijos y transformarlo en algo que no sea una tragedia, de una manera tan esencial, tan sustancial como que Renacer es una obra de amor en homenaje a esos mismos hijos, un grupo para el que la VOLUNTAD de vivir nos hace decir: Sí, a la vida a pesar de todo.

Renacer ha progresado, ha crecido, ha pasado de ser un ámbito de reunión donde nos juntábamos para hablar de lo que nos pasaba, a ser un lugar donde “nos reunimos para hablar de lo que podemos hacer o debemos hacer con aquello que nos pasa”, esto es un vuelco fundamental en el que todos los integrantes han tomado parte, aun sin darse cuenta.

Este cambio significa dejar de prestar atención a aquellas cosas que hemos experimentado, para prestar atención a la experiencia que estamos viviendo, cambiando nuestra atención desde aquello que nos sucede hacia lo que podemos hacer con aquello que nos sucede.

Este vuelco fundamental nos permite, en vez de prestar atención a las emociones y sentimientos que experimentamos como consecuencia de nuestro sufrimiento, volver la mirada sobre la experiencia que tenemos de ese sufrimiento, no deteniéndonos en las consecuencias del mismo.

            Este camino nos ha de permitir la posibilidad de ver al sufrimiento como un hecho sustancialmente humano del cual las emociones y sentimientos, son sólo accidentes. 

Podemos observar que tanto la psicología como la psiquiatría se preocupan, contrariamente, por analizar las emociones de las que el hombre tiene experiencia surgiendo la tendencia a tratar de ocultar, farmacológicamente,  o tratar de desarraigar analíticamente el miedo, la ira, la culpa, etc.

  En estas circunstancias, sin darse cuenta, ayudado y ayudador, se sitúan en la dimensión psicológica del problema. El ayudador se preocupa por los «síntomas», las emociones y sentimientos, como manifestaciones del dolor que la otra persona experimenta, y al hacerlo pierde de vista la manera en que el ser sufriente experimenta ese dolor, de tal forma que resulta igual, para uno y otro, que se sufra con dignidad y entereza, o se lo haga miserablemente.

Así, es absolutamente imposible que el ayudador pueda orientar al ser sufriente para que adopte un valor de actitud y considere  prioritariamente lo que se puede hacer con ese sufrimiento; de esta manera, queda cerrada la puerta hacia la dimensión espiritual del hombre. 

La cuestión del sufrimiento no debería ser abordada a través de una pregunta que interroga sobre los efectos, o síntomas, sino mediante un interrogante que busque aclarar la esencia del sufrimiento, sin importar su origen, así como la enorme variedad de maneras humanas de sufrir.

La actitud naturalista, en la que ambos, ayudado y ayudador,  buscan la causalidad de los «síntomas» y continúan trabajando en el plano del antes, lleva a observar los «síntomas» del sufrimiento, mientras permanece aislado el propio sufrimiento como fenómeno esencialmente humano.

En la actitud asumida por Renacer podemos separar ambos fenómenos: los “síntomas” del sufrimiento y la experiencia misma del sufrimiento; de esta manera, hemos cambiado nuestra atención desde aquello que nos sucede hacia lo que podemos hacer con aquello que nos sucede.

El hombre es un ser capaz de darle múltiples significados a una misma realidad, a diferencia de los animales que viven presos de un único mundo el que les abre sus sentidos. 

Por ejemplo, para el hombre  un mismo árbol puede ser modelo para un pintor, coto de caza para un cazador, objeto de investigación para un botánico, de explotación para un agricultor, de sombra y descanso para un caminante, etc. Incluso cabe la posibilidad de que la misma persona se acerque al mismo árbol cada vez con un proyecto distinto, un día como cazador, otro como botánico, un tercero como pintor, etc.

Esto significa que como seres humanos, “de una misma realidad podemos tener múltiples experiencias”.

El hecho de que a una misma realidad sea posible darle distinto significado, reafirma al hombre sufriente, como ser libre para elegir el significado que extrae de idéntico sufrimiento y, en consecuencia, responsable por su elección, lo que contribuye a restar poder a cualquier tipo de tutela que pretenda imponerse, tanto a los integrantes como a los grupos.

            Debemos ser conscientes que todo intento de lograr una definición precisa, de la que puedan desprenderse las variaciones propias de aquello que se trata de definir, puede ser vacío y falso en la medida en que no conozcamos íntimamente el problema, que no lo concibamos a partir de la experiencia, es decir, existencialmente, convirtiéndose en un espectador desinteresado, lo suficientemente desapegado como para describir realidades universales en aquello que, como el sufrimiento, se caracteriza por la capacidad de llevar al individuo a un anclaje existencial.

         Con respecto a su experiencia personal en campos de concentración durante la segunda guerra mundial, Víctor Frankl dice textualmente: “Únicamente el que ha estado adentro sabe lo que pasó, aunque sus juicios no sean del todo objetivos y sus estimaciones sean quizás desproporcionadas al faltarle ese distanciamiento”.                                                                                                     

          Esto adquiere importancia práctica al evaluar las distintas maneras posibles de sufrir, es decir, de los modos en que el hombre toma a su sufrir y nos permite resaltarlo como lo existencial, como propio de cada hombre único e irrepetible, dentro de la esencialidad del sufrimiento.

             No hay, pues, una definición que sea la más útil; quizás la más utilizada por el común de la gente, sin ser por ello la ideal, es aquella que dice que sufrir es padecer dolor.

Por otra parte, el sufrimiento no existe sólo en el instante en que comienza a ser experimentado, como si fuese un accidente en la vida de una persona, sino que es una realidad que se manifiesta cuando cae el velo de los ojos y permite el acceso al escenario del futuro; visto así el sufrimiento no es único de la persona que lo experimenta.

El ejemplo típico es el sufrimiento que produce el temor a la muerte, a la  enfermedad y a la vejez.  

        Otras realidades tales como los síntomas y las emociones son meros predicados de la sustancialidad que es el sufrimiento y como tales pueden existir en nosotros, pero no necesariamente, lo que nos lleva a un concepto no determinista del hombre y de su sufrimiento.

        Definir al sufrimiento por las emociones, pasiones y sentimientos que éste pueda despertar, equivaldría a definir a la sustancia por los accidentes que ella provoca, cuando es aquella la que sostiene, soporta y, por ende, define los accidentes.

       La universalidad del sufrimiento ha sido admirablemente reconocida como tal por Jaspers al anotar en su diario una cita de Jean Paúl: “No digáis: queremos sufrir, puesto que necesariamente tenéis que sufrir. Podéis sí  decir: queremos obrar, porque no tenéis necesidad de obrar”.

         Al afirmar que el sufrimiento es esencial al hombre, debemos decir también que todos los hombres lo conocen y pueden, por lo tanto, ayudar a todo ser sufriente.  

             Este es un tema de singular importancia cuando trasladamos esta premisa a la cuestión de la ayuda al ser sufriente, y de aquí la pregunta fundamental es: ¿Puede una persona que no conoce lo que es sufrir ayudar a un ser sufriente? Pregunta dirigida específicamente a la ayuda que puede brindar un profesional detrás de un escritorio a un hombre sufriente.

         Sin embargo, esta percepcion de la universalidad del sufrimiento no se da en la realidad, sea porque no todos sufren, hecho en sí difícil de aceptar —dado que el devenir acontece para todos—, sea porque muchos no reconocen que lo que les sucede es que sufren sin saberlo. A esto contribuyen diversos factores: por un lado el sufrimiento ante el futuro se atenúa ante la presencia inefable de una nueva posibilidad; por otro lado el hombre se distrae por el excesivo apego a las cosas en el mundo. Por último, se reprime al sufrimiento como se reprime la noción de la muerte. 

Para la Psiquiatría y la Psicología, las emociones y pasiones derivadas del sufrimiento son consideradas como categorías de éste, lo que trae aparejado tres graves problemas:

        1)  La tendencia a considerar al sufrimiento como un atributo o accidente que puede ser modificado o, mejor aún, eliminado de la existencia de una persona.

         2) La tendencia a considerar a emociones y ciertas pasiones como equivalentes al sufrimiento.

         3) Por último, y quizás el más grave, es la tendencia a considerar al sufrimiento como una enfermedad, pasible de ser resuelta, pero sólo por especialistas en las ciencias de la psiquis, es decir una medicalización del sufrimiento, una puesta en escena más del saber y poder, aplicado como dispositivo de sujeción de un individuo a otro.

            El  resultado  de  este  desvío  es la creencia  del ayudador —médico, psicólogo, asistente social, etc.— de que, ya sea mediante la «elaboración» de estas emociones y sentimientos con ayuda de la psicoterapia, o ya mediante el adormecimiento de ellas a través del uso de psicofármacos, puede eliminarse el sufrimiento como si fuese un mero síntoma de una enfermedad o, en el peor de los casos como si fuese la enfermedad misma.

            En diversos momentos, hemos procedido a realizar una critica  de la psicología que no cesa en su empeño de arrogarse la capacidad de solucionar el sufrir del hombre, al tiempo que hemos rescatado la cosmovisión de Viktor Frankl y de Karl Jaspers como representantes de modelos capaces de lograr el triunfo en medio de la derrota, ayudando a la persona a elaborar un proyecto de sentido en su tragedia, un sentido que sólo puede aparecer en la vida si el hombre se abre a una dimensión más profunda, una dimensión que le permita reconocer en medio de la crisis, que la oportunidad se sitúa moralmente por encima del peligro. 

            La psicología, como apéndice de las ciencias naturales, sólo se remite a aquello que puede demostrarse, dejando de lado todo lo relacionado con la fe.

        Jaspers opina que “en la libertad se halla el origen de nuestro obrar y nuestra conciencia de ser, lo que el hombre sea, no sólo es contenido de saber, sino también de fe. Cómo el hombre tenga certidumbre de su ser humano, es un rasgo fundamental de la fe filosófica”, a lo que podemos agregar: y no de su conocimiento psicológico.

Cuando el ser humano se ve confrontado con situaciones que no pueden ser cambiadas, cuando sólo subyace la actitud a tomar como única respuesta al sufrimiento, entonces el hombre, en un acto que sólo puede ser de fe (en Dios, en la vida o en sí mismo) y basado en un autoconocimiento prerreflexivo de su libertad, decide existencialmente la actitud que toma.

            Esto otorga al sufrimiento el papel que merece en la existencia, al considerarlo como una entidad con realidad propia, como una verdad de la que, por su magnitud y jerarquía, pueden, a su vez, derivarse otras verdades.

       Frankl coincide con esta idea, al punto tal, que en su libro “El Hombre Doliente” nos dice así: “El sufrimiento posee no sólo dignidad ética sino también relevancia metafísica: hace al hombre lúcido y al mundo transparente”.

Gustavo Berti-Alicia Schneider Berti

gyaberti@calamuchitanet.com.ar