Todo dolor trae consigo una enseñanza

            “El hombre no puede evitar su destino, pero a él y únicamente a él le corresponde decidir con que actitud lo confrontará; sólo suya será la decisión de dejarse arrastrar como una hoja en la tormenta de otoño, o levantarse fuerte como un árbol que se dobla pero no se rompe durante esa misma tormenta.

             El sufrimiento, el sufrimiento intenso, ese sufrimiento que lleva en él la capacidad de aniquilar al hombre, presenta, en cambio, la posibilidad de llevarlo a recorrer un camino existencial distinto, dado que puede hacer que seres humanos retrocedan a la categoría de entes al padecer un sufrimiento al que no han sabido encontrarle un sentido,  pero también puede hacer que otros seres al haber logrado perder su angustia por una decisión  que ya ha sido tomada por el destino, asumir una respuesta diferente y, en ese proceso, adquirir un conocimiento del ser tan intenso, tan profundo, que los lleve a un estado de iluminación, de trascendencia del propio destino.

            La muerte de un ser muy querido es y será motivo de hondo pesar, pero la decisión de morirse con ese ser, es únicamente del mismo hombre, como lo será la decisión de caminar con la frente en alto desafiando la adversidad, pues si bien el destino es quien hace las preguntas, siempre le quedará al hombre la libertad de cómo responderlas.  

           Ante la partida de un hijo, a quien difícilmente estaremos preparados para despedir, el dolor es demasiado intenso, desconocido; pareciera que la vida no debería continuar y que el tiempo, en su eterno fluir, se hubiera detenido en un punto en el espacio, un punto de total incredulidad e irrealidad.

            Nadie sabe qué decirnos; todos escapan ante una realidad que no conocen, que siempre han ignorado, que no saben manejar.

            No puede ser, nos repetimos una y mil veces y, sin embargo, es; y debemos seguir viviendo; pero ¿cómo?, nos preguntamos una y otra vez.

            Nosotros podemos tomar a la vida y la pérdida de un hijo y decir que el hombre es lo que recibe y que el destino nos ha castigado y ahí se terminó todo, pero no es posible vivir la vida como si nuestros hijos fueran los artífices para arruinarla.                       

            Perder un hijo no puede significar nada más que destruirse y tirarse a morir en el abandono, nuestra respuesta tiene que ser un imperativo ético, tiene que ser tan importante que nos marque el camino que queremos seguir en homenaje a esos hijos que tanto nos han marcado.

            Debemos seguir viviendo, es una experiencia renovadora y ese camino tiene un solo destino final que es el camino final de humanización.

            Su partida es una condición permanente, pero no debe ser permanente nuestro sufrir, debemos decirle sí a la vida.

           La facultad más humana del hombre es la de transformar una tragedia personal en triunfo.

            Según Víctor Frankl, el hombre es capaz de levantarse por encima de sus condicionamientos físicos, psicológicos, más allá de su experiencia previa, en las alas indómitas del espíritu, y responder en libertad y responsablemente con su manera única e irrepetible, como ser único e irrepetible que es. Para él los Valores de Actitud, son los de mayor jerarquía en la escala de valores y se basan en la libertad de asumir una actitud positiva ante las preguntas que la vida le plantea, a lo que él ha llamado libertad de actitud.

            Todo dolor trae consigo una enseñanza y puede llegar a ser una experiencia regeneradora, rescatando de un rincón del corazón los olvidados valores espirituales del hombre, que son los únicos que pueden salvarnos de una vida sin sentido, de una muerte en vida.

            La muerte no marca el fin de todo, es sólo una necesaria etapa en la evolución espiritual del hombre, es una parte integral de la vida, la que nos marca el límite de nuestra existencia terrena y nos enseña a apreciarla en su verdadera dimensión para vivirla totalmente, rescatando esa olvidada espiritualidad en nuestro diario vivir para saber prepararnos para que, en el momento de realizar nosotros la transición, saber que no hemos dejado cosas por hacer y en el instante de dejar el capullo, para volar libres de regreso a casa, sepamos que hemos comprendido el mensaje de nuestros hijos, porque hemos dado todo el amor de que fuimos capaces.  

            La muerte de nuestros hijos no habrá sido estéril, si a través de su partida es que se comprende el verdadero sentido de la vida, como un tiempo precioso y finito que debemos vivir al máximo, pero de otra manera, ya que el camino trazado hasta ahora no sirve para esa nueva realidad. Debemos recomenzar, es como renacer de las cenizas, captando el mensaje de infinito amor que nuestros hijos al partir nos dejaron y que los hijos que quedan nos recuerdan cada día: dar amor, sólo amor.

            Son nuestros hijos los maestros del verdadero y desinteresado amor y este sentimiento no tiene reclamos ni expectativas, ni siquiera necesita de una presencia física.

            Y cuando hayamos encontrado la paz y la aceptación, habremos de trasmitirla a los demás, a los que la necesitan, a los que sufren, a los que aún viven en la oscuridad de la desesperanza y la rebeldía, pues el hombre no es lo que recibe, sino lo que da a la vida.

             Entonces, la partida de nuestros hijos no habrá sido en vano, porque  dejó en este mundo personas mucho mejores de lo que eran cuando ellos estaban.”

                                                                                               Alicia Schneider Berti- Gustavo Berti