El papel de la espiritualidad en la ayuda mutua

 

            “La espiritualidad juega un papel fundamental en los grupos de ayuda mutua, entendiendo a ésta —la espiritualidad— como la condición de espiritual del ser humano, como un estado de conciencia ampliado, como un existencial humano, es decir, un fenómeno que tiene origen en el hombre, y a la vez, muestra lo específicamente humano del hombre.

             En el fondo de los anhelos y propósitos de todos los grupos de ayuda mutua y también en los de “autoayuda”, yace, con mayor o menor claridad, el de acceder a la espiritualidad (decimosegundo paso de la metodología de Alcohólicos Anónimos).

          Al tratar de definirla entramos en terrenos complejos en los que a la intuición le faltan las palabras, pues las lenguas occidentales poseen términos muy deficientes para describir los estados ampliados de conciencia, es por esa razón hemos acudido a Dalai Lama quien da una definición de espiritualidad que transcribimos porque nos parece adecuada para todas las creencias, sean o no religiosas:

                        “La espiritualidad -dice-  me parece algo relacionado con las cualidades del espíritu humano, como son el amor, la compasión, la paciencia, la tolerancia, el perdón, la contención, el sentido de la responsabilidad, el sentido de la armonía, etc., que aportan la felicidad tanto a uno mismo como a los demás.

                              Así como el ritual y la oración, junto con las cuestiones del nirvana y la salvación, están directamente relacionadas con la fe religiosa, estas cualidades internas (las espirituales) no tienen por qué estarlo. Por lo tanto, no existe razón alguna por la cual no deba el individuo desarrollarlas, incluso hasta su grado máximo, sin recurrir a ningún sistema de creencias religiosas o metafísicas. Por eso digo algunas veces que la religión es algo sin lo cual nosotros podríamos pasar, en cambio, de ninguna manera podemos prescindir de esas cualidades espirituales básicas.”    

            Por su parte,  Foucault llama espiritualidad  a la búsqueda, la práctica o la experiencia mediante las cuales el sujeto efectúa en sí mismo las transformaciones necesarias para tener acceso a la verdad, por lo cual él considera espiritualidad al conjunto de esa búsqueda, prácticas y experiencias que pueden ser las purificaciones, las renuncias, las modificaciones  de la existencia, que constituyen para el ser mismo, el precio a pagar por tener acceso a la verdad.

           Prestemos atención aquí a aquello que es de capital importancia para comprender cabalmente lo que son, no sólo Renacer, sino todos los grupos de ayuda mutua; dice Foucault en palabras claras lo que muchos de nosotros hemos experimentado: las modificaciones de la existencia son puertas de acceso a la espiritualidad y por ende a la verdad y a la libertad.

          Nos dice que aquellos a quienes se les cambia la existencia radicalmente, tras una conmoción existencial, se les otorga como posible premio el de acceder a la verdad.

          Preguntémonos entonces, si no es correcto que en medio de una conmoción existencial  no podemos seguir siendo los mismos, como hemos sostenido desde la primera reunión de Renacer, el 5 de diciembre de 1988.

          Esta manera de acceder a la verdad como tarea de un grupo de ayuda mutua, nos coloca en el pensamiento filosófico y no en el psicológico, que es otra de las razones por las que es incorrecto fundamentar la tarea del grupo en el análisis psicológico de las emociones y sentimientos.

           Siguiendo a Foucault aquí se reproduce la vieja lucha entre la verdad como experiencia y la verdad por conocimiento, y veremos como esto ha influido y aún influye en un grupo como es Renacer.

           Foucault postula que para que se dé la espiritualidad en una persona es preciso que el sujeto se modifique, se transforme, se convierta, en cierta medida, en distinto de sí mismo como medio de acceder a la verdad, ésta sólo es dada al sujeto a un precio que pone en juego el ser mismo de éste, o sea que no puede haber verdad sin una transformación del sujeto.

         Continúa Foucault, citando lo que él llama efecto “de contragolpe” de la verdad sobre el sujeto —y aquí tenemos algo sumamente importante para nosotros los que permanecemos en grupos de ayuda mutua—, insistiendo en que, para la espiritualidad, la verdad es lo que ilumina al sujeto, lo que le da bienaventuranza, lo que le da tranquilidad y paz interior.

         Si nosotros no somos capaces de ver a Renacer, o a otro grupo de ayuda mutua, con estos ojos jamás seremos capaces de comprender la razón por la que muchos integrantes permanecen por años en un grupo, precisamente porque han accedido a la verdad y con ella a la liberación, la iluminación y la paz interior.

         Estar en la verdad equivale a estar lúcido, consciente, despierto, alerta ante un mundo que se ha vuelto transparente, sin velos que lo distorsionen. Por el contrario, si evaluáramos a un determinado grupo desde una perspectiva psicológica sólo podríamos decir que algunos integrantes continúan participando durante mucho tiempo, porque se han hecho adictos al grupo o dependientes de sus ayudadores

         Frente a esta manera de acceder a la verdad por experiencia, mediante una trasformación interior, de manera impensada y arrojado a ella por una situación límite —en la que, como dice Nietzsche se tensa tanto la cuerda del arco que ahora nos es posible tomar como blanco metas más lejanas— se opone el sistema de pensamiento que sostiene que se puede acceder a la verdad mediante el conocimiento y sólo a través de éste.

           Acceder a “la verdad” por el “conocimiento”, sin que sea necesario alteración alguna en su ser, sólo es posible con condicionamientos de dos órdenes, ninguno de ellos espiritual: por un lado, condicionamientos de forma, de método, objetivos, etc., las reglas que se deben respetar y  por otro lado condicionamientos culturales como haber estudiado, tener una formación, ser aceptado por cierta comunidad, etc.

          Como puede verse, a partir de esta concepción del acceso a la verdad por el “conocimiento”, comienza el origen de estructuras de poder, de tutelaje del sujeto, puesto que para acceder a ella se hace necesario el permiso de la autoridad correspondiente; en otras palabras, durante siglos para acceder al conocimiento, y con él a la verdad, fue necesario la presencia de un intermediario y en la figura del intermediario, comienza a gestarse la dominación de un sujeto por otro.

          En palabras de Nietszche “No alcanza con tener talento o capacidad, sino que es necesario tener también el permiso para ello”.

          Esta figura del intermediario todopoderoso en relación con el sufrimiento continúa aún hoy con plena vigencia en la figura del analista de la psiquis humana: para acceder a la verdad interior la persona necesita de un intermediario que le guíe, le indique, le autorice y, eventualmente; puede llegar a dominarlo merced a la imposición de valores.

            Pero como todo crimen tiene su castigo, la condena para aquellos sistemas de pensamiento que sostuvieron que se puede acceder a la verdad mediante el conocimiento, se plasmó en el hecho de que  esa verdad no fue capaz de salvar al sujeto y no le trajo la iluminación  ni la paz interior.

           Esto es de capital importancia para la tarea de la ayuda mutua, en efecto, en el esquema de los doce pasos adoptados por muchos grupos, el acceso a la espiritualidad constituye el decimosegundo paso; a él se llega como resultado de haber realizado correctamente una serie de tareas merced a las cuales la persona reconoce sus problemas y aprende como corregirlos, tareas implícitas en los pasos uno al undécimo; en otras palabras, se espera lograr la espiritualidad a través de procesos cognitivos —llevados a la praxis sólo en segundo término—, cuando en realidad sólo se puede llegar a ella merced a una transformación existencial.

           Al hablar de estructuras nos encontramos, una vez más, ante el tutelaje de la persona; y  así vemos que se puede pasar de la pertenencia a un grupo guiados por la búsqueda de acceso a la espiritualidad, a la pertenencia al grupo por adhesión a la estructura, hecho que nos sitúa, nuevamente, en medio de la lucha entre las dos concepciones de acceso a la verdad.

          La paridad en un grupo exige la ausencia de autoridades y remite al eterno tema de la filosofía, como es el de la verdad, la libertad y la relación entre ambas.

        Toda institucionalización genera poder, el poder genera control, el control genera sujeción, la sujeción implica dominación, éstas anulan la libertad de ambas partes. La relación entre el que tiene poder y el dominado no es una relación entre pares sino de condescendencia. Esto no es ayuda mutua.

        La ausencia de poder no es anarquía: la ausencia de poder es libertad.

        El poder siempre ata el dependiente al poderoso. La libertad es la esencia de la verdad y el acceso a la verdad nos hace libres.

         Frankl ha dicho que el sufrimiento hace al hombre lúcido y al mundo transparente, en otras palabras, el sufrimiento inevitable puede ser, y para muchos de nosotros ha sido, la puerta de acceso a la verdad y con ella el ingreso a una libertad nunca antes experimentada como tal. 

         Esta es otra de las razones por las que creemos que un grupo no debe transformarse en una estructura, pues ésta requiere cargos y los cargos generan poder y se comienza el ciclo que conduce a la pérdida de la libertad.

         Hemos mencionado que el acceso a la verdad a través de un cambio radical de la existencia proporciona al individuo, según Foucault, como recompensa el acceso a la iluminación, por lo que se hace necesario ahora indagar sobre el significado de la iluminación en Occidente, qué significa para los integrantes de un grupo y, a su vez, qué significado tiene para la sociedad la emergencia de individuos que han alcanzado dicha condición.

         El significado de la iluminación, fue planteado por un periódico en Berlín, el “Berlinische Monatschrift” a sus lectores en Noviembre de 1784, y el que contestó a esa inquietud fue nada menos que Emmanuel Kant, quien el 30 del mismo mes comienza su carta diciendo que iluminación es la liberación del hombre del tutelaje en el que ha incurrido él mismo, y define al tutelaje como la incapacidad del hombre para hacer uso de la razón sin la dirección de otro.

        Insiste Kant que es muy difícil para un individuo liberarse de una vida de tutelaje, agregando que si se da la libertad, la iluminación es una consecuencia natural.

         Por último, merced a nuestro encuentro del Otro, que a su vez nos ha conducido a nuestro propio ser, estamos en condiciones, finalmente, de responder al acertijo budista que pregunta por el sonido del aplauso con una sola mano y descubrir que es el de la ayuda mutua, que sólo se produce cuando una mano se encuentra con la mano de un hermano...

        Una realidad, no reconocida, de los grupos de ayuda mutua es que, por su misma esencia, constituyen una de las más firmes fronteras, en una comunidad dada, contra la discriminación. En efecto, en cualquiera de estos grupos un alto ejecutivo puede tener que escuchar, en un mismo plano, la experiencia de un cadete de su empresa que es más veterano en el grupo, demostrando así, con este simple ejemplo, la paridad y la ausencia  absoluta de todo tipo de diferencias entre los integrantes.

         Es curioso, y no deja de ser una paradoja, que grupos que han debido formarse  para  crear alternativas a respuestas sociales insuficientes, cuando no inapropiadas, a problemas existenciales, puedan luego retornar individuos libres y responsables, solidarios y más compasivos, a esa misma sociedad que no pudo, no supo o no quiso albergarlos en su hora más difícil.

         Si en la vida diaria habíamos asumido responsabilidad por el otro, fundamentalmente en el ámbito familiar, en un grupo, en una comunidad de pares sufrientes esta responsabilidad comienza a extenderse para abarcar a “los otros”, y en ese extenderse nos hacemos conscientes que todos somos responsables por lo pueda pasarle a cada uno de nosotros y así, de esta manera, el radio de acción de nuestro quehacer responsable puede ampliarse a la comunidad en que vivimos, y, en última instancia, a la humanidad entera, refutando la idea del hombre como lobo del hombre, lo que nos recuerda a Kropotkin para quien ser moral significaba dar a los demás  más de lo que se espera de ellos, con lo que vemos que la dimensión de lo moral no sólo inicia sino que también cierra el fenómeno de la ayuda mutua.”

 

         Gustavo Berti-Alicia Schneider Berti 

                 gyaberti@calamuchitanet.com.ar