El Tiempo El Dolor La Muerte

Me siento tentado a repetir el relato acerca de un gran discípulo que le rogó a Dios le enseñara la verdad. Este pobre Dios dijo: “Amigo mío, ¡hace un día tan caluroso! Por favor, dame un vaso de agua”. Se va, pues, el discípulo y toca a la puerta de la primera casa que encuentra, donde le recibe una hermosa mujer. El discípulo se enamora de ella, se casan y tienen varios hijos. Sucede que un día empieza a llover y sigue lloviendo, lloviendo, crecen los torrentes, las calles se inundan, las casas son barridas por el agua. El discípulo se apoya en su mujer y carga a los hijos sobre los hombros, y cuando lo está arrastrando la corriente, clama: “Señor, por favor, sálvame”. Y el Señor dice: “¿Dónde está el vaso de agua que te pedí?”.

Este es un relato bastante bueno, porque la mayoría de nosotros pensamos en términos de tiempo. El hombre vive cara al tiempo. Inventar el futuro ha sido su juego de escape favorito.

Pensamos que el cambio en nosotros puede realizarse con el tiempo, que el orden interior puede establecerse poco a poco, añadiendo algo día a día. Pero el tiempo no trae orden ni paz; por lo tanto, debemos dejar de pensar el términos de grados. Esto significa que no hay un mañana en el que llegaremos a ser pacíficos. Tenemos que poner orden inmediatamente.

Cuando hay un verdadero peligro, el tiempo desaparece, ¿no es así? Hay acción inmediata. Sin embargo, no vemos el peligro de muchos de nuestros problemas y por eso inventamos el tiempo como medio de superarlos. El

Tiempo es un impostor que en nada nos ayuda a producir un cambio en nosotros mismos. El tiempo es un movimiento que el hombre ha dividido en pasado, presente y futuro, y mientras lo siga dividiendo, estará siempre en conflicto.

¿Es aprender cuestión de tiempo? No hemos aprendido en estos miles de años, que hay una vida mejor que no sea odiarnos y matarnos unos a otros. Es muy importante que comprendamos el problema del tiempo, si queremos cambiar esta vida que se ha hecho tan monstruosa y tan vacía por culpa nuestra.

Debemos primero comprender que sólo se puede mirar el tiempo con esa frescura e inocencia de mente de que ya hemos hablado. Estamos confusos respecto de nuestros múltiples problemas y nos sentimos perdidos en esa confusión. Ahora bien, cuando uno está perdido en un bosque, ¿qué es lo primero que hace? Detenerse, ¿no es así?

Uno se detiene y mira a su alrededor. Pero mientras más perdidos y confusos nos sentimos en la vida, más corremos dando vueltas, buscando, preguntando, exigiendo, rogando. Así, pues, si me permite sugerirle, primero deténgase por completo para mirar en su interior, porque cuando usted de hecho se detiene internamente, psicológicamente, su mente se pone muy clara, muy serena. Entonces puede realmente mirar esta cuestión del tiempo.

Los problemas existen sólo en el tiempo, esto es, cuando hacemos frente a una situación en forma incompleta.

Este acercamiento a medias crea el problema. Cuando afrontamos un reto parcialmente, fragmentariamente o intentamos escapar de él, es decir, cuando lo enfocamos sin darle toda nuestra atención, creamos un problema. Y el problema continúa mientras persistimos en darle atención incompleta, mientras esperamos resolverlo un día de estos.

¿Sabe usted qué es el tiempo? No según el reloj, no el tiempo cronológico, sino el  psicológico. Es el intervalo entre la idea y la acción. Una idea evidentemente nos viene para la propia protección, para estar seguro. La acción siempre es inmediata; no pertenece al pasado ni al futuro. Se debe actuar siempre en el presente, pero la acción es tan peligrosa, tan incierta, que nos ajustamos a una idea porque confiamos nos dé cierta seguridad.

Vea esto en usted mismo. Usted tiene una idea de lo que es correcto o equivocado, o un concepto ideológico a cerca de usted y de la sociedad, y de acuerdo con esta idea se dispone a actuar. Por lo tanto, la acción está en conformidad con esa idea, aproximándose a esa idea, y de aquí que siempre haya conflicto. Existe la idea, el intervalo y la acción. Y en ese intervalo está todo el campo del tiempo. Ese intervalo es esencialmente pensamiento. Cuando usted piensa que será feliz mañana, tiene una imagen de usted mismo logrando cierto resultado en el tiempo. El pensamiento, por medio de la observación, por medio del deseo y la continuidad de ese deseo, sustentado por ulteriores pensamientos, dice: “Mañana seré feliz, mañana tendré éxito, mañana el mundo será un lugar hermoso”.

Así el pensamiento crea este intervalo que es el tiempo.

Ahora preguntamos: ¿Podemos detener el tiempo? ¿Podemos vivir tan completamente, de modo que el pensamiento no tenga un mañana en qué pensar? Porque el tiempo es dolor. Esto es, ayer, o hace un millar de ayeres usted amaba, o tenía un compañero que se ha ido, y ese recuerdo perdura, y usted piensa en ese placer y en ese dolor; usted está mirando hacia atrás, deseando, esperando, lamentándose, y así el pensamiento una y otra vez engendrando esta cosa que llamamos dolor y le da continuidad al tiempo.

Mientras haya este intervalo de tiempo que ha sido engendrado por el pensamiento, tiene que haber dolor, tiene que existir la continuidad del temor. Por ese motivo uno se pregunta: ¿puede este intervalo terminar? Si usted dice: “¿terminará alguna vez?”, ya está formulando una idea, algo que quiere lograr, y así usted crea un intervalo y de nuevo se ve atrapado en él.

Ahora tomemos la cuestión de la muerte, que es un inmenso problema para la mayoría. Usted conoce la muerte, ahí está caminando a su lado, día tras día. ¿Será posible conocerla tan completamente que no sea para usted un problema en absoluto? Para lograrlo, toda creencia, toda esperanza, todo temor debe terminar; de otro modo, usted está conociendo esta cosa extraordinaria a través de una conclusión, de una imagen, con una ansiedad premeditada y, por lo tanto, se está enfrentando a ella en el tiempo.

El tiempo es el intervalo entre el observador y lo observado. Es decir, el observador, usted, tiene miedo de encontrarse con esta cosa llamada muerte. Usted no sabe lo que significa; usted tiene toda clase de esperanzas y teorías acerca de ella; usted cree en la reencarnación o en la resurrección, o en algo llamado alma, el âtmân, una entidad espiritual fuera del tiempo que se designa con diferentes nombres. Ahora bien, ¿ha experimentado por usted mismo si hay un alma? ¿O es que hay algo permanente, continuo, que está más allá del pensamiento? Si el pensamiento puede pensar en ello, está dentro de su radio de acción y, por lo tanto, no puede ser permanente, porque

no existe nada permanente dentro del campo del pensamiento. Descubrir que no hay nada permanente es de importancia tremenda pues sólo entonces la mente está libre. Luego, usted puede observar, y en esa observación hay gran gozo.

Usted no puede tener miedo a lo desconocido pues no sabe qué es lo desconocido, por lo tanto, no hay nada que temer. La muerte es una palabra, y es la palabra, la imagen, la que crea el temor. Así, ¿podría usted mirar la muerte sin la imagen de la muerte? Mientras exista la imagen de la cual surge el pensamiento, éste siempre tiene que crear temor. Entonces usted, o bien racionaliza su temor a la muerte y levanta resistencia contra lo inevitable, o inventa  innumerables creencias para protegerse del temor a la muerte. De aquí que haya una distancia entre usted y la cosa a la cual teme. En este intervalo de espacio-tiempo tiene que haber conflicto, o sea, temor, ansiedad y lástima propia.

El pensamiento, que engendra el temor a la muerte, dice: “Vamos a posponerla, a evitarla, a mantenerla tan lejos como sea posible; no pensemos en ella”, pero usted sigue pensando en ella. Cuando dice: “No quiero pensar en ella”, ya ha pensado cómo evadirla. Usted teme a la muerte porque la ha postergado.

Hemos separado el vivir del morir, y el intervalo entre el vivir y el morir es el temor. Éste intervalo, ese tiempo es creado por el temor. Vivir es para nosotros tortura diaria, insultos diarios, dolor y confusión; sólo ocasionalmente se nos habré una ventana hacia mares encantados. Esto es lo que llamamos vivir, y tenemos que morir, lo cual terminaría con tal infortunio. Más que enfrentarnos a lo desconocido nos apegamos a lo conocido: nuestra casa, nuestros muebles, nuestra familia, nuestro carácter, nuestro trabajo, nuestros conocimientos, nuestra fama, nuestra soledad, nuestros dioses -esa pequeña cosa que se mueve incesantemente dentro de sí misma con su propio patrón estrecho de una existencia amargada-.

Pensamos que el vivir está siempre en el presente y que el morir es algo que nos espera en el tiempo distante.

Pero nunca hemos cuestionado si esta batalla del vivir diario es vida en modo alguno. Queremos saber la verdad acerca de la reencarnación; queremos pruebas de la supervivencia del alma, escuchamos las afirmaciones de los clarividentes y las conclusiones de la investigación psíquica, pero nunca preguntamos, NUNCA, cómo debemos vivir -vivir cada día con deleite, con fascinación, con belleza-. Hemos aceptado la vida tal como es, con toda su agonía y desesperación, y nos hemos acostumbrado a ella. Y pensamos en la muerte como algo que debe evitarse cuidadosamente. Pero la muerte es tan extraordinaria como la vida cuando sabemos vivir. Usted no puede vivir sin morir. No puede vivir si no muere psicológicamente cada minuto. Esta no es una paradoja intelectual. Para vivir cada día de manera plena, total, como si todo tuviera un nuevo encanto, debe morir a todas las cosas del ayer; de otro modo usted vive mecánicamente, y una mente mecánica nunca podrá saber qué es el amor, ni qué es la libertad.

Muchos de nosotros tememos morir porque no sabemos lo que significa vivir. No sabemos vivir, y, por lo tanto, no sabemos morir. Mientras estemos temerosos de la vida, estaremos temerosos de la muerte. El hombre que no le tiene miedo a la vida, no teme sentirse completamente inseguro, pues comprende que internamente, psicológicamente no hay seguridad. Cuando no hay seguridad, hay un movimiento que nunca termina y entonces la vida y la muerte son iguales. El hombre que vive sin conflicto, que vive con belleza y amor, no teme a la muerte, porque amar es morir.

Si usted muere a todas las cosas que conoce, incluyendo su familia, sus recuerdos, todo lo que ha sentido, entonces la muerte es una purificación, un proceso rejuvenecedor; entonces de la muerte nace la inocencia. Y sólo el inocente es apasionado; no así la persona que cree, o que quiere descubrir lo que ocurre después de la muerte.

Para descubrir realmente lo que sucede cuando se muere, usted debe morir. Esto no es chiste. Usted debe morir -no físicamente, sino psicológicamente, internamente, morir a las cosas que ha acariciado y a las cosas que le producen amargura-. Si usted ha muerto a alguno de sus placeres, al más pequeño o al más grande de un modo natural, sin esfuerzo ni argumentación, entonces usted sabrá lo que significa morir. Morir es tener una mente vacía de sí mismo, vacía de sus diarios placeres, anhelos y agonías. La muerte es una renovación, una mutación en la que el pensamiento no actúa en absoluto, porque todo pensamiento es viejo. Cuando se muere, surge algo totalmente nuevo. Liberarse de lo conocido es morir, y entonces usted está viviendo.

Capítulo IX del libro “Libérese del pasado” de Krishnamurti