Dos historias ejemplares

1. Una paradoja paradisíaca

Entre las muchas contradicciones que presenta la psique humana, hay una que destaca por su brillantez. Aparece cuando una persona «contradice» su suerte reaccionando de forma paradójicamente creativa, valiente y sublime ante un destino miserable. Su reacción paradójica es capaz de transformar una tragedia en un triunfo. Presentaremos esta rara y valiosa fuerza de la contradicción, a la que Frankl denominó el «poder de obstinación del espíritu», con la ayuda de un relato del escritor suizo Jean Giono.1 He aquí una versión resumida del mismo:

La historia parece un cuento, pero es verídica. Va de un hombre bien entrado en los cincuenta que vivía en el sur de Francia. Murió su único hijo y, después, su mujer. ¿Para qué seguir viviendo? El hombre abandonó su granja, situada en una llanura fértil, y se retiró a un lugar solitario, con sus ovejas y un perro como única compañía.

La árida comarca de las Cévennes, situada en la vertiente sur de los Alpes, era como un desierto. El pueblo más cercano estaba a más de un día de camino; cuatro o cinco aldeas abandonadas, con las casas desmoronadas, completaban la vecindad de esta desolada región. Los últimos habitantes eran los carboneros y sus familias, que se dedicaban a producir carbón vegetal. El clima era duro y las personas, ariscas. Quien podía emigraba, y hubo quien se había vuelto loco o se había suicidado.

El viejo solitario percibió que este paisaje moriría si no crecían árboles, así que decidió poner remedio.

Siempre que podía, llenaba un gran saco de bellotas. Las inspeccionaba cuidadosamente y descartaba las podridas. No se le escapaba ninguna; también eliminaba las pequeñas y las agrietadas, por poco que lo estuvieran. Cuando reunía un centenar de bellotas buenas y fuertes, paraba. Antes de llevárselas, las sumergía en un barreño de agua para que se empaparan bien. Finalmente, cogía una barra de hierro y se ponía en marcha. En su ausencia, el perro cuidaba del rebaño en una hondonada con pasto.

En lugares adecuados empezaba el viejo a golpear el suelo con la vara de hierro. Hacía un hoyuelo, depositaba en él una bellota y lo volvía a tapar. Y así se dedicaba a plantar las bellotas. Cien mil en tres años. Esperaba que unas diez mil echaran raíces y se convirtieran en árboles en una comarca donde antes nunca hubo nada. Y esperaba que el Señor le dejara vivir lo suficiente como para plantar tantas bellotas que aquellas diez mil se convirtieran en gotas de un océano de árboles.

No sabía quién era el propietario de las tierras, pero tampoco le inquietaba, y persistía en su objetivo con empeño. La transformación se sucedía tan lentamente que nadie notaba la obra de este hombre. Simplemente, pasaba desapercibida. «Un capricho de la naturaleza», pensaban los cazadores y guardabosques. Nadie podía imaginar tanto altruismo. Al final, las autoridades declararon el bosque zona protegida. En tres lugares distintos había crecido una joven arboleda de 11 kilómetros de largo por 3 de ancho.

El viejo vendió las ovejas, pero se quedó con cuatro, y se hizo cargo de cien colmenas. Tranquilamente se dedicó a su nueva tarea ignorando la guerra. El trabajo apacible y constante en el aire fresco de las montañas, añadido a su modestia y sencillez, otorgaron al anciano jovialidad y buena salud. Sin medios técnicos, sólo con sus manos, este iletrado hombre de campo creó una obra digna del Señor.

Entre 1910 y 1945, el pastor solitario plantó cientos de miles de robles, a los que siguieron hayas, arces, abedules, alisos y serbales.

Cuando Elzéard Bouffier, que así se llamaba el anciano, murió en 1947 a la edad de 89 años, había creado uno de los bosques más bellos de Francia.

Pero eso no fue todo. Las infinitas raíces retenían la lluvia y absorbían el agua. Los lechos secos de los ríos se volvieron a llenar, el suelo recobró pastos, praderas y flores, y volvieron los insectos y los pájaros. El aire también cambió y trajo consigo el perfume de las hojas y las flores, y el suave murmullo del agua.

Incluso los pueblos cambiaron completamente. Las ruinas se barrieron, los muros destrozados se demolieron y se levantaron casas nuevas. Vinieron a vivir familias jóvenes, los niños jugaban junto a los arroyos y los huertos se llenaron de frutas y verduras. Todos volvían a tener ganas de vivir. Los habitantes recuperaron la sonrisa y se divertían en los festejos locales. Actualmente viven unas diez mil personas en todos los pueblos de la comarca y ninguna de ellas sabe a quién debe agradecer esta nueva felicidad, quién transformó toda aquella atmósfera...

Cualquiera que escucha esta historia se impresiona. Pero ¿comprendemos la paradoja sobre la que descansa? Analicemos la situación desde el punto de vista logoterapéutico.

Un campesino se encuentra en una determinada situación de partida. Tiene 50 años, es decir, ya se le ha pasado la juventud. No tiene estudios y, probablemente, tampoco tuvo la oportunidad de ir a la escuela en su niñez. Además, ha sufrido un embate del destino: la muerte de su esposa y su único hijo (el relato no invierte muchas palabras en esta tragedia familiar, quizá porque cualquier palabra es poca para describir el alcance subjetivo de la desgracia). Solo y sin herederos, el campesino no puede ni quiere seguir explotando su granja. Tampoco parece desear contacto social alguno; su dolor es muy profundo. Así, se deshace de sus pertenencias y, como un animal herido, se refugia en la soledad de las montañas con su perro y unas cuantas ovejas.

Hasta aquí, todos los indicios apuntan a una catástrofe inminente. Un hombre de avanzada edad que fracasa, que pierde todo lo que ama, que abandona todo lo que ha construido, que ve cómo se desmoronan sus esperanzas. «¿Para qué seguir viviendo?» El hombre cuestiona toda su vida. Si se hubiese procurado una soga y se hubiese colgado de una rama, en cierto modo le podríamos haber comprendido. Diríamos: «¡Pobre hombre! El destino le ha jugado una mala pasada. No había nada que pudiera hacerle feliz. No veía ningún futuro...». El paisaje árido y seco al que huye refleja perfectamente este estado de ánimo: desolación.

La paradoja comienza en este preciso momento. Pero ¿cómo comienza? Giono escribe: «El viejo solitario percibió que este paisaje moriría si no crecían árboles, así que decidió poner remedio». ¿Comienza la paradoja con la percepción? No, no lo hace. Es evidente que un campesino percibe las relaciones biológicas que se establecen en un lugar; es, por así decirlo, su profesión, lo único de lo que él realmente entiende. Así, la simple percepción podría haber derivado fácilmente en el siguiente pensamiento: «¡Pues que se muera el paisaje! ¿Qué más me da? Lo que yo amaba y apreciaba también está muerto. Además, a fin de cuentas, estas tierras no son mías». Ciertamente, la paradoja no comienza con una percepción, sino con una decisión. El hombre decide poner remedio. La vida sólo le había dado horror y él estaba dispuesto a responderle con una bendición. Tan sencillo como grandioso. Todos los acontecimientos posteriores son fruto de esta decisión.

A partir de aquí, la tragedia se convierte en triunfo. La obra de un campesino anciano, analfabeto y sin medios técnicos, avanza, y a la paradoja original le siguen otras. Él, que ofrecía nada menos que recompensa y agradecimiento, fue recompensado y agradecido con «jovialidad» y una salud robusta. ¿Qué mayor regalo puede obtener un ser humano? Él, que no prestaba atención a la guerra, pudo culminar su trabajo en paz. Él, que una vez preguntó para qué tenía que seguir viviendo, pudo obtener la respuesta con la claridad del perfume de las flores.

Él, que se conformaba con pasar desapercibido, fue inmortalizado en una obra literaria.2

¿Qué significa todo esto en relación con la paradoja del principio? Posiblemente, que la entrada en el Paraíso está exactamente allí donde se ha producido la expulsión, eso sí, siempre que haya una decisión merecedora de esta entrada.

2. Tres preguntas y una leyenda

El relato anterior pone de relieve la mayoría de las facetas de una vida llena de sentido comentadas hasta ahora: «la luz tras el eclipse», «la flor blanca en la alambrada de espino», «la estrella en la raíz» y «el cristal en la piedra». Pero lo más fascinante es la confirmación en todas ellas del supuesto fundamental de Frankl, según el cual cada persona (rica o pobre, sana o enferma) tiene preparada en todo momento una tarea adecuada y bienhechora, una posibilidad concreta de cambiar el mundo en positivo. Para describir la urgencia, la exclusividad y la superación del Yo que caracterizan a esta tarea particular, Frankl solía referirse a las antiguas palabras proféticas de Hillel: «Si no lo hago yo, ¿quién lo hará? Si no lo hago ahora, ¿cuándo lo haré? Y si no lo hago para mí, ¿qué soy entonces?».3 Tres preguntas realmente conmovedoras.

De un modo parecido, en su relato Las tres preguntas el escritor ruso Lev Tolsto'f introdujo al hombre en busca de sentido, encarnado en el personaje de un rey, en esa tarea vital siempre cambiante, pero siempre al alcance. Dedicaremos la parte final de este libro al comentario de esa faceta de la vida que resplandece en el texto de Tolstoi (y también en la cita de Hillel):

Érase una vez un rey que creía que nada le iría mal si sabía tres cosas: primero, cuándo había que emprender un negocio; segundo, con quién debía tratar y a quién debía evitar; y tercero y principal, qué negocio era el más importante de todos. Así, mandó anunciar por su reino la noticia de que haría rico a aquel que le proporcionase las tres respuestas.

Las preguntas relativas al negocio más importante (si no lo hago yo...), al momento más importante (si no lo hago ahora...) y a la persona más importante (si no lo hago para mí...) son, en efecto, las cuestiones elementales para el éxito o el fracaso de la existencia humana. ¿Cuáles son las opiniones más corrientes que se vierten por doquier?

Acudieron los eruditos a la corte y dieron muy variadas respuestas a las preguntas del rey.

Unos respondieron a la primera pregunta diciendo que el momento adecuado para cada negocio se sabe cuando se ha diseñado un plan para todos los días, meses y años, y se lo sigue estrictamente.

El «emprendedor» cree que puede planificarlo todo y pretende administrar el destino.

Otros argüyeron que era imposible determinar de antemano lo que hay que hacer en cada momento. Simplemente, hay que hacer lo que parezca necesario hacer.

Y otros respondieron que había casos en los que había que decidir inmediatamente si era o no el momento adecuado para iniciar una empresa, pero añadieron que eso sólo se podía saber si se conoce de antemano lo que sucederá, lo cual solamente está en manos de los magos. A ellos hay que preguntar.

El «fatalista» cree que nada es planificable. Solamente un mago puede saber lo que depara el destino. Y entre el «emprendedor» y el «fatalista» se sitúa el «diplomático», que aparta el problema: hay que hacer lo que parezca necesario en cada momento, dice, pero olvida que las apariencias engañan.

Igualmente variadas fueron las respuestas al segundo interrogante. Unos dijeron que los más necesarios para el rey eran los ministros y los restantes hombres de Estado. Otros afirmaron que los sacerdotes eran los indispensables. Y otros citaron a los galenos como los más importantes. Algunos declararon que los más necesarios de todos eran los soldados.

En la pregunta acerca de la persona más importante aflora el peligro de interpretar incorrectamente el concepto de necesidad, según el cual lo necesario es lo que sirve y es provechoso para alguien. Se trate de políticos, sacerdotes, médicos o soldados, cada una de estas personas es importante para satisfacer el propio ego. De lo que se desprende, implícitamente, que si no lo satisfacen son irrelevantes.

A la tercera pregunta, que versaba sobre el objeto más importante, respondieron unos que lo más importante del mundo eran las ciencias. Otros afirmaron que el arte de la guerra prevalecía sobre lo demás. Y otros opinaron que por encima de todo estaba la veneración a Dios.

Otra visión igualmente superficial tiene que ver con los objetos del mundo. Su importancia dependerá de lo que aporten al ego (planifique o no planifique). La ciencia, el poder y la fe, por ejemplo, refuerzan la conciencia individual y, por consiguiente, son útiles y provechosas para el Yo.

Como todas las respuestas eran distintas, el rey no dio ninguna por válida ni ofreció la recompensa a nadie. Entonces decidió preguntarle a un viejo ermitaño cuya sabiduría gozaba de una amplia reputación.

A la larga, las visiones superficiales no convencen al hombre en busca de sentido y, con sus antenas espirituales conectadas, tantea y busca «más». En la vida tiene que haber algo «más» que el mantenimiento y el fortalecimiento de uno mismo. En la leyenda de Tolstoi, este «más» lo encarna la sabiduría del ermitaño.

El ermitaño vivía en un bosque del que nunca salía y en su casa acogía únicamente a la gente sencilla. Por ello, el rey se vistió con atuendos modestos y se dirigió a la cabana del cenobita. Antes de llegar, dio el alto a su séquito, se bajó del caballo y se fue por su propio pie al encuentro del viejo. Cuando el monarca llegó, estaba el ermitaño cavando un bancal delante de su choza. Al advertir la presencia del rey, le saludó, pero prosiguió su trabajo. El anciano tenía un aspecto famélico y débil, y cada vez que clavaba la pala en el suelo para sacar pequeños terrones de tierra, respiraba con dificultad.

La sabiduría posee la fuerza del ejemplo, que está por encima de la fuerza de la enseñanza. Por ello, el encuentro con el ermitaño se puede considerar ante todo una confrontación silenciosa con el logro de la existencia humana. Esta confrontación sin comentarios transmite lo siguiente:

El ermitaño vive solo... De sus propios recursos. No necesita a nadie que le pueda ser de utilidad.

El ermitaño nunca sale del bosque... Se siente protegido allí donde encuentra su paz interior. No persigue ninguna carrera terrenal.

El ermitaño sólo recibe a gente sencilla... No está cegado por la gloria ni los laureles. Para él, lo importante es el interior.

Para acceder a él hay que disfrazarse y deshacerse de lo superficial (el séquito). Pero para abandonarlo desde la sabiduría hay que convertir el disfraz en autenticidad, y ése es un proceso arduo que se inicia con la acción: el ermitaño cava un bancal y prepara el suelo para depositar en él, cual semilla, la fertilidad del conocimiento profundo de un sentido.

El rey abordó al eremita y le pidió una respuesta a las tres preguntas.

El conocimiento —como suele suceder— se hace esperar. El «sentido del momento» (Frankl) no se

comprende. Desde su egocentrismo, el rey del cuento no percibe las debilidades del anciano porque está completamente estancado en su petición.

El ermitaño escuchó al rey, pero no le respondió; se escupió en las manos y siguió cavando el bancal.

La sabiduría recurre a medidas terapéuticas que van más allá del ejemplo. La primera consiste en despertar el altruismo a partir del olvido de sí mismo.

«Estás agotado», dijo el rey, «dame, que te quiero ayudar.» «Te lo agradezco», dijo el ermitaño. Le dio la pala y se sentó en el suelo.

El ermitaño da las gracias por la semilla que ha llegado a la tierra pero todavía no quiere germinar del todo.

Tras cavar dos bancales, el rey se detuvo y repitió las preguntas. El anciano no respondió, se levantó y extendió la mano hacia la pala.

Hay que convertir al interrogador en interrogado, en alguien que entienda que la vida le plantea interrogantes a pesar de las tentaciones del bienestar. Debe darse cuenta de que tiene que responder responsablemente a las preguntas de la vida.

«¡Tú descansa, que ya sigo yo!», dijo el ermitaño. Pero el rey no le dio la pala y siguió cavando. Pasó una hora y después otra. Desaparecía ya el sol tras la arboleda, cuando el rey dejó caer la pala al suelo y dijo: «He venido, sabio anciano, a buscar respuesta a mis preguntas. Si no me la puedes dar, dímelo y volveré a mi casa».

El conocimiento se deja esperar. Entonces, la sabiduría recurre a la segunda medida terapéutica intensificando drásticamente esa llamada que de vez en cuando escuchamos.

«¡Mira, llega alguien corriendo!», dijo el ermitaño. «Veamos de quién se trata.»

¡Lo que viene corriendo hacia nosotros es lo que nos necesita!

Un hombre barbudo salió corriendo de la espesura. Se apretaba el pecho con las manos y le brotaba la sangre por debajo de los dedos. El hombre cayó a los pies del rey y se le cerraron los ojos. Se quedó inmóvil y solamente emitía un gemido débil.

Una oportunidad se abre ante nosotros con la esperanza de que la percibamos, la aceptemos y la incluyamos en la labor de perfeccionamiento del mundo.

Ayudado por el ermitaño, el rey desnudó al hombre, le lavó las heridas tan bien como pudo y las vendó con su pañuelo y con la toalla del anciano.

Mientras tanto, va brotando la semilla desde la primera medida terapéutica de la sabiduría: el altruismo y el olvido de sí mismo se practican de forma natural, aún con la colaboración del ermitaño.

Finalmente, las heridas dejaron de sangrar. El hombre volvió en sí y dijo que tenía sed. El rey fue a por agua fresca y le dio de beber.

La semilla crece y, pronto, nadie tendrá que intervenir: el «sentido del momento» se ha realizado.

El sol ya se había puesto y comenzaba a refrescar. El rey y el ermitaño llevaron al herido a la cabana y lo acostaron en la cama; estaba inmóvil y no abría los ojos. El rey, agotado por el largo camino y el duro trabajo, se acuclilló junto al zaguán. No tardó en caer en un sueño profundo y pasó durmiendo aquella corta noche de verano. Cuando despertó, al amanecer, no sabía dónde estaba ni quién era aquel hombre barbudo que yacía en el camastro y le observaba fijamente con los ojos brillantes.

La realización de un sentido es un acicate para la curación y el cambio. Como saliendo de un sueño

crepuscular desde las esferas inconscientes, el hombre en busca de sentido despierta a una nueva vida. Desaparece la visión superficial de las cosas.

«Perdóname», dijo al rato el herido con voz quebrada.

«No te conozco y no tengo nada que perdonarte», contestó el rey.

El sentido y el contrasentido se presentan como el único criterio fundamental ante la sorprendida mirada del renacido.

«Tú no me conoces, pero yo a ti sí. Tú ejecutaste a mi hermano y confiscaste todos mis bienes. Yo era tu enemigo y había jurado vengarme de ti. Sabía que te habías ido solo a ver al ermitaño y quería matarte a tu vuelta. Pero pasó un día entero y no llegabas. Así que abandoné mi escondite para indagar tu paradero y me encontré con tu séquito. Me reconocieron y me hirieron, pero logré escapar.»

Conexiones inesperadas se revelan a la luz del nuevo criterio. Culpa, odio, dolor y peligro pasan por delante del renacido como un río turbio del recuerdo y la purificación.

«Quería matarte, pero me has salvado la vida. Ahora quiero servirte como tu más fiel esclavo. Y mis hijos también. ¡Perdóname!»

En el reflejo trémulo del sentido realizado, todo desemboca en el mar del amor.

El rey se alegró de haber ganado al enemigo como amigo y no sólo le perdonó, sino que también le prometió devolverle sus bienes. Le enviaría incluso a sus sirvientes y a su médico.

La semilla de la segunda medida terapéutica de la sabiduría crece rápidamente. La felicidad, la bondad y la misericordia se añaden al altruista olvido de uno mismo.

El rey salió al jardín y echó un vistazo en busca del ermitaño. Antes de partir, deseaba pedirle por última vez una respuesta a sus preguntas.

El nivel superior de conocimiento todavía no se ha alcanzado.

El anciano estaba arrodillado en su bancal, plantando semillas en la tierra.

Se necesita una tercera medida terapéutica que revele el nivel más alto de sabiduría que el ser humano es capaz de alcanzar.

El rey se le acercó y le dijo: «Por última vez te pido, hombre sabio, una respuesta a mis preguntas».

Sólo cuando el encargo de realizar un sentido se presenta de forma consciente, se produce también el acercamiento al emisor del encargo, a esa entidad humanamente inexplicable y en la que únicamente podemos creer.

«Pero si ya has obtenido tu respuesta», dijo el ermitaño mientras, acuclillado sobre sus esqueléticas piernas, alzaba la mirada al rey, de pie ante él.

La respuesta que obtenemos es el encargo. La respuesta que damos —siempre que sea coherente— es nuestro acuerdo a la realización del encargo.

«Escúchame. Si ayer no te hubieras compadecido de mí, que soy hombre débil, no habrías cavado estos bancales, sino que habrías dado media vuelta y te habría atacado ese hombre hostil, y te habrías arrepentido de no haberte quedado en mi casa.»

La tercera medida terapéutica de la sabiduría relata la historia de quien obedece el encargo: es el relato de su salvación. Quien ayuda al prójimo se ayuda a sí mismo.

«Por lo tanto, ése ha sido, precisamente para ti, el momento adecuado para cavar los bancales, y yo he sido para ti la persona más importante. El negocio más importante ha sido, para ti, demostrarme tu bondad.»

Pero el hombre tiene que entrar en acción cuando llega el momento y tiene que apostar por la mejor acción para esta situación y para las personas implicadas en ella. El valor universal de la obra llena de sentido por una persona o una cosa se concretiza en el aquí y ahora.

«Y después, cuando el hombre llegó corriendo, era precisamente ése el momento adecuado para atenderlo. De lo contrario, habría muerto sin haberse reconciliado contigo. Por lo tanto, él era la persona más importante, y lo que tú hiciste por él, el negocio más importante.»

La historia de quien obedece el encargo no es solamente la historia de su salvación. En la leyenda, el rey también rescata la reconciliación con su enemigo mortal. Ha introducido en el mundo una reparación, un desagravio. Ya sea con él mismo o con el prójimo, ha conseguido realizar una cura.

«Así pues, recuerda que sólo existe un único momento importante que debemos aprovechar: el presente. Es el más importante porque sólo en el instante actual podemos disponer de nosotros mismos.»

Es cierto que la existencia humana es arriesgada y está llena de peligros, pero nunca fracasará por completo mientras seamos conscientes de que cada momento de la vida está «cargado de curación». Y por muchas carencias que una persona pueda tener en cualquier momento, siempre puede salvarse realizando un acto de amor en el único momento de que él dispone: el presente.

«Pero la persona más importante es aquella a la que el destino nos conduce en cada momento, porque no podemos saber si tendremos algo que ver con otra persona. Y el negocio más importante es hacer el bien a esa persona. Única y exclusivamente para este fin hemos venido al mundo.»

Por ello, no esperemos a que nos hagan el bien. La más brillante de todas las facetas de una vida llena de sentido es saber que alguien nos espera, y es el destino quien nos conduce a él. La verdad suprema es que somos los enviados para hacer por esa persona lo que esperamos para nosotros.

Del libro “El sentido del momento” – Elizabeth Lukas - Ed. Paidos

1. Jean Giono, Der Mann mit den Baumen, Flamberg, Zúrich, 1956 (trad. cast.: El hombre que plantaba árboles, Madrid, Altea, 1995), narración de P. Alois Haslbauer, recogida también en la «Kurzgeschichten-Sammlung» de Willi Hoffsümmer.

2. El escritor Jean Giono fue a los Alpes franceses y pernoctó en la cabana de Elzéard Bouffier, donde le contaron la historia.

3. Hillel vivió en el siglo iv d.C. Entre otras aportaciones, introdujo el calendario judío a partir de cálculos astronómicos.