Celebrar los buenos momentos de la vida

Albert Schweitzer escribió el siguiente aforismo: «Muchas personas saben que son infelices, pero muchas más no saben que son felices».

Uno de los cometidos de la psicoterapia es ocuparse de que las personas sean menos infelices. Retomando las palabras de Schweitzer, podríamos decir que la «tarea secundaria» (y no por ello menos fascinante) de la psicoterapia es ayudar a las personas felices a darse cuenta de que son felices. Por sorprendente que parezca, este cometido secundario entraña más complicaciones que el principal. Y es que, en la práctica, es más fácil aliviar la infelicidad de diez desdichados (por ejemplo, demostrando un interés sincero por su situación) que hacerle comprender a una persona feliz lo bien que le va.

Ello se debe a que si bien hay hechos objetivos que a menudo son la causa de experiencias dolorosas, éstos tienen que ver sorprendentemente poco  con la sensación subjetiva de felicidad. Entre los hechos agradables y el entusiasmo psíquico no existe la conexión paralela que tendría que establecerse. Las circunstancias positivas y la felicidad no forman esa parejita feliz que la lógica quisiera. Ni siquiera la ausencia de hechos desagradables, por un lado, y la sensación de felicidad, por el otro, van de la mano, a pesar de que Viktor Frankl, recordando sus fructíferos años en el campo de concentración, concluyera que «la felicidad es aquello de lo que nos libramos». Quien no es consciente de todo lo malo de lo que se ha librado en su vida no entenderá esta definición.


Se exponen tres casos cuya única desgracia era que eran felices.

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Estos son Angelika, Hermann y Wolfgang. Quien piense que se trata de casos excepcionales, se equivoca. Estas personas fueron tres de los ocho pacientes nuevos que en una misma semana acudieron a mi consulta para recibir orientación y ayuda. Antes de saber si se les pudo orientar o ayudar, permítame el lector dar un pequeño rodeo por la búsqueda de las profundas raíces en las que descansan los males anteriormente descritos. ¿Qué aporta la literatura psicológica al respecto? Resulta curioso que apenas existan estudios empíricos acerca del fenómeno del agradecimiento. Las universidades no han caído en el hecho de que se trata de un fenómeno irrenunciable que mantiene presente en la conciencia la trágica estructura de la existencia (y no sólo de la existencia humana). Paulatinamente, en las sociedades modernas se ha ido desarrollando una especie de engaño de la conciencia. Entretanto, las enfermedades, los accidentes, el sufrimiento y la muerte se consideran «alteraciones graves del funcionamiento» contra las que el ser humano puede sublevarse debidamente cuando se producen. La consecuencia de ello es que una enorme cantidad de personas que se hallan en el lado bueno de la vida no saben realmente que sus circunstancias son «buenas». Por consiguiente, no existe para ellas ningún motivo para alegrarse ni para sentirse agradecidas y felices. Para estas personas, toda la indulgencia que llena sus vidas es algo que dan por supuesto, que no merece comentarios ni emociones.

Simplemente, es como debe ser, y cuando las cosas son como son, la vida pierde toda su gracia y su sabor.

La psicología se fijó en ello. Ante los casos de «disposición de ánimo débil» surgieron de la nada todo tipo de hipótesis. Según ellas, en el caso de Angelika, casada y con hijos a una edad relativamente temprana, podría haberse dado un agravamiento de la necesidad insatisfecha de recuperar la voluntad de disfrutar plenamente de la juventud. En cuanto a Hermann, incapaz de identificarse con el tema de su trabajo de diplomatura y el cada vez más cercano destino laboral en la política, podría haber caído en una crisis de identidad. Finalmente, Wolfgang, en el apogeo de una carrera estresante y cansado de su monótona vida familiar, padecería abiertamente la clásica crisis de la mediana edad. Sin embargo, ¿basta este tipo de explicaciones para justificar el enorme abismo que existe entre los hechos absolutamente positivos en las vidas de estas tres personas y el estado estremecedoramente negativo de sus psiques? No podemos evitar sentirnos escépticos al respecto. ¿Por qué lo sano e intacto que ya se tiene no repercute curativamente en la necesidad de recuperación de la juventud, en la crisis de identidad o en la crisis de la mediana edad? Es como si no quedase absolutamente nada intacto, ni en las teorías de los tratados psicológicos, ni en la conciencia de los afectados...

Hojeemos ahora los escritos de Frankl, concretamente ese informe de su experiencia personal en el que definió la felicidad como «aquello de lo que nos libramos». ¿Hay algún párrafo en el que se hable del agradecimiento? Sí lo hay, en un capítulo titulado «Tras la liberación del campo de concentración». Al leerlo, nos viene inevitablemente a la cabeza el «trastorno de estrés postraumático» (TEPT) del que hoy tanto se habla y se diagnostica en casos de supervivientes de accidentes de aviación o catástrofes naturales y en todas las personas que han sufrido un shock fuerte o una fase de estrés profundo y son incapaces de volver a la vida normal. ¿Esconderá este párrafo la solución para superar el TEPT? Veamos lo que dice:

Entonces, a los pocos días de la liberación, sales una mañana al exterior, a campo abierto, recorres kilómetros de llanuras floridas y llegas a una aldea cercana al campo de concentración. Las alondras remontan el vuelo, planean en las alturas y escuchas cómo resuena su himno y su júbilo en el aire libre. No se divisa un alma alrededor, solamente la inmensidad de la Tierra y el Cielo, la exaltación de las alondras y el espacio abierto. Entonces, interrumpes la entrada en este espacio abierto, te detienes, miras a los lados, miras arriba y te desplomas de rodillas. En este instante no recuerdas nada de ti ni del mundo, solamente escuchas una frase, siempre la misma: «Desde la penuria clamé al Señor y Él me ha respondido en la libertad». ¿Cuánto tiempo estuviste allí de rodillas, cuántas veces repetiste esta frase? No consigues recordarlo... Pero te acuerdas de ese día y de que en aquel momento empezó tu nueva vida. Poco a poco, sólo así, inicias una nueva vida y te conviertes de nuevo en un ser humano.

Retomemos los casos de Angelika, Hermann y Wolfgang teniendo presente el párrafo anterior. Imaginemos a estas tres personas en un paseo a campo abierto. Imaginemos cómo escuchan atentamente el canto de las alondras, cómo abren sus corazones a la inmensidad que los rodea, cómo se detienen para mirar a su alrededor, como si se acabasen de despertar, y se arrodillan en señal de agradecimiento; y cómo, después de un período determinado que ya no recuerdan, inician una nueva vida, poco a poco, y se convierten de nuevo en seres humanos. ¿No es una imagen maravillosa? ¿No sería ésta su curación? Entonces, ¿qué se lo impide? Se lo impide, por macabro que parezca, el horror que no han vivido y, refiriéndonos al texto de Frankl, el campo de concentración en el que no han estado. Nunca han clamado desde la penuria, y por ello tampoco escuchan ninguna respuesta en el espacio libre.

¿CÓMO SE PUEDE AYUDAR?

Ante todo, a estas personas no hay que desearles que conozcan ningún horror. Siempre habrá alguna lengua afilada que sostenga que más de uno debería pasarlo mal para «volver a la realidad», pero ninguna esperanza terapéutica debe basarse en ningún tipo de «prescripción del dolor». Las desgracias como revulsivo son efectivas única y exclusivamente cuando es la vida quien las «receta», y no nos corresponde a nosotros, los profesionales de la salud, prescribir «medicamentos» tan drásticos. Nuestra voluntad y deber no es desear a nadie un destino terrible. Sin embargo, aplicamos un truco consistente en que el paciente tome conciencia hipotética de un destino terrible que, por su propia experiencia, le es ajeno. Como éste es un método asombrosamente efectivo para «recuperar la felicidad», explicaremos su funcionamiento y recomendamos su utilización.

La hipótesis se refiere a lo que podría o habría podido ser si se hubieran dado otras circunstancias. Así, si es cierto que entre los hechos positivos y la felicidad existe, como hemos indicado, una escasa correlación, pero entre los hechos negativos y el dolor reina una intensa unión, entonces (he aquí el truco) hay que suscitar en la persona una revisión de unos hipotéticos hechos negativos que podrían o habrían podido ser una hipótesis ajustada de dolor en su fantasía del cual, en realidad, se ha librado. Esta tesis se ha comprobado y confirmado en su aplicación práctica. Siempre que un destino halagüeño se da erróneamente por hecho y no se aprecia adecuadamente, esta apreciación se puede regenerar mediante el conocimiento hipotético de un destino contrario, o sea, desgraciado. La mera percepción del contraste entre lo hipotético y lo real (prefiriendo siempre lo real, por supuesto) descubre el valor de lo real, que, de repente, ya no se dará nunca más por hecho. El conocimiento hipotético del destino negativo se produce en un estado de relajación; por ejemplo, estirado en una cama, con los ojos cerrados y en un escenario irreal (imaginario) de la vida de cada uno.

Para prevenir posibles situaciones de angustia, es preferible trasladar este escenario al pasado de cada uno, del cual ya sabemos que ha sido distinto al imaginado, o sea, favorable. No estamos imaginando el futuro, sino un pasado que no ha tenido lugar o que, en cualquier caso, también habría podido suceder. 

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Dejemos a Angelika, Hermann y Wolfgang con la esperanza de que «poco a poco, y sólo así, hayan iniciado una nueva vida y se hayan convertido de nuevo en seres humanos», como dice el texto de Frankl, y, a modo de resumen, miremos cara a cara la realidad: los destinos positivos no se pueden pedir ni reclamar, sino que son una bendición totalmente inmerecida, como la que la escritora Zenta Maurina describió en una ocasión:

Hay momentos brillantes que iluminan toda la vida, oasis que sacian la sed de largas caminatas por el desierto. Quien los olvida, no merecía haberlos encontrado ni los volverá a encontrar nunca más.

Es extraño: la sed saciada se olvida. La olvida quien la ha saciado. Es más: tan pronto como hemos conseguido lo que queríamos, lo desearemos mucho menos que antes de tenerlo. Un famoso saltador de esquí que había sufrido un grave accidente con visos de provocarle una hemiplejía declaró ante un periodista: «¡Mi único deseo es volver a andar!». Medio año después, tras su completa rehabilitación, manifestó en una entrevista: «Me gustaría subir al podio la próxima temporada». No dijo: «Estoy inmensamente feliz de volver a andar».

El olvido del agradecimiento es inherente a nosotros. Constantemente corremos el peligro de imitar a la señora que en el desayuno comenta a su marido: «Egon, hoy podríamos por fin ir a recoger las fotos de las vacaciones. ¡Estoy tan impaciente por ver todos los sitios a los que fuimos!». Olvida que después de nuestras vidas no habrá ningún pase fotográfico de nuestros momentos alegres y estelares. Alegrémonos, pues, cuando y donde tengamos motivos para hacerlo. Gocemos como las alondras en el cielo, que si hoy son felices, es porque no se afligen por el ayer ni se entristecen por el mañana.

En el gremio de la psicología reina un miedo extraordinario a pintar las cosas color de rosa. El principal mandamiento consiste en destapar sin fiorituras el dolor reprimido para evitar daños neuróticos. No está mal, pero no es suficiente. Estoy convencida de que también hay que tener miedo a «pintar las cosas de negro» y así evitar que se oculten esas facetas brillantes de nuestra vida que fulgen como diamantes en la rutina del ajetreo cotidiano y que, en caso de ignorarlas, lo lamentaríamos eternamente.

Del libro “El sentido del momento” de Elizabeth Lukas – Ed. Paidós.