Soportar los malos momentos de la vida

A veces, la vida oculta su lado más radiante y cede su lugar a la oscuridad. Nadie escapa a la problemática del dolor, la culpa y la muerte (la «tríada trágica» de la vida humana según Frankl), y cada uno la soporta a su manera. La abundancia creativa a la que nos enfrentamos todas las criaturas se ha intensificado particularmente en el caso del ser humano. De unos mismos padres, una herencia genética similar y una educación pareja surgen individuos totalmente distintos. Cada niño, mientras se hace adulto, es responsable de su propia vida. Análogamente, también resiste a su manera la «tríada trágica» que le pisa los talones. Caer psíquicamente o crecer espiritualmente es algo que depende exclusivamente de él, y no de sus antecedentes biográficos.

Si quisiéramos describir al hombre, deberíamos definirlo como ese ser que se libera de todo aquello que lo determina, es decir, que trasciende todo determinismo superándolo u organizándolo, incluso cuando está sometido a él.

Partiendo de esta definición del Frankl psicólogo, buscaremos perspectivas que alimenten el crecimiento espiritual junto a la «tríada trágica» y detengan la caída psíquica provocada por ella. Se trata (como no podría ser de otro modo) de perspectivas de sentido. El hombre enfermo, mutilado o moribundo pelea con monstruosidades cuyo significado no alcanza a comprender. ¿Por qué a él? ¿Por qué ahora? ¿Por qué tan brutal? ¿Merece la pena seguir viviendo? Su suelo existencial se tambalea y podría precipitarse fácilmente en el vacío, en la creencia en un absurdo caos al que, impotente, está expuesto y cuya corriente lo arrastra al abismo. ¿Qué se lo impide, qué lo mantiene en su lugar? ¿La religión? Si es así, está bien. Está bien cuando a la creencia en un caos absurdo y acuciante se le puede contraponer una fe cualitativamente distinta.
Pero no todo el mundo tiene acceso a este manantial de consuelo. En este punto, la filosofía puede ejercer de «sustituto» y ofrecer argumentos que apuntalen cual pilares el suelo tambaleante de la existencia para que el hombre doliente se anime a aceptar su destino con dignidad. A continuación discutiremos sobre cuatro de estos «pilares».


1. Detrás de toda desesperación siempre hay una idolatría

La desesperación tiene una condición creada antes de cualquier embate del destino o declaración de enfermedad: la idolatría. Quien dedica toda su atención a una única actividad o a un único objeto de valor se está programando a sí mismo hacia la «desesperación». Porque, como es sabido, todo lo terrenal se puede perder, y si se absolutiza, es decir, si se arranca de su validez e importancia relativas y se declara como uno y único, cae con él todo lo bueno y lo malo que se ha absolutizado. Así, por ejemplo, un exagerado afán por el trabajo desemboca en un domingo insoportablemente aburrido o en una jubilación ociosa. Por su parte, las relaciones excluyentes de naturaleza simbiótica dejan como legado, en caso de separación o fallecimiento del cónyuge, a personas en duelo permanente, del que no podrán salir porque se han sumido en una depresión reactiva. Y entre los veneradores del lucro fácil, el suicidio es la respuesta más corriente a los cracks bursátiles o a los estancamientos económicos. Es decir, cuanto más idolatra una persona algo terrenal que tiene a su alcance, tanto más profunda será su caída psíquica cuando ese algo terrenal deje de estar a su alcance.
A este respecto, la salud, la vitalidad y la longevidad no son ninguna excepción. Sin duda, la salud es un bien magnífico y sería deseable que más personas sanas (como Angelika y compañía) fueran conscientes de ello. Sin embargo, no es ningún bien «supremo». Una vida que dura 100 años puede carecer de sentido, ser inútil y equivocada desde un punto de vista ético, mientras que otra vida que ha durado la mitad puede haber sido enormemente productiva y origen de muchas alegrías en el mundo. Por ello, una aspecto de la previsión (y, si se quiere, de la previsión médica) podría consistir en enriquecer la vida en el momento adecuado con una abundancia de valores, amistades, contactos con la naturaleza y aficiones para poder aferrarse a algo existente cuando la salud y la fuerza se desmoronen.
La experiencia enseña que, tras la pérdida de un valor «idealizado», es prácticamente imposible revalorizar los contenidos que daban sentido a la vida y que ocupaban un lugar secundario. La caída provocada por el principio preexistente del «todo o nada» hunde profundamente en la «nada» a quien pierde lo que para él era «todo». Sólo cuando la pérdida se anuncia en forma de presagios es posible todavía una reorientación psíquico-espiritual, una oportunidad como la que conceden, por ejemplo, los períodos de enfermedad prolongados.

CONCLUSIÓN

Si un enfermo organiza su vida en la enfermedad y a pesar de ella, introduciendo variedad y haciendo hincapié en los valores, es decir, dedicándose a la música, manteniendo contactos sociales, estudiando y, en general, manteniéndose «abierto al mundo», tendrá menos posibilidades de caer presa de la desesperación cuando su enfermedad empeore. Esto mismo se puede aplicar a otras situaciones críticas. No se trata aquí de querer abarcar muchas cosas a la vez, sino de concentrarse totalmente en lo esencial. Pero lo esencial siempre viene a nuestro encuentro en forma de múltiples facetas. No nace únicamente a partir de un bien terrenal ni tampoco desaparece con él.

2. Sonríe a los días radiantes

La famosa frase atribuida a Immanuel Kant «No llores porque hayan pasado los días radiantes, sino sonríe porque han existido» revela una profunda sabiduría. Alude al conocimiento de que el pasado es inalterable y sus momentos luminosos tampoco lo pueden oscurecer. O, si no, ¿quién puede negar la existencia de todo el cariño que ha recibido de sus padres en la niñez? ¿Quién querría transformar inmediatamente un trabajo laborioso bien hecho en un fracaso? ¿Quién sería capaz de borrar un solo día de un matrimonio que ha durado veinticinco años? ¿Quién o qué puede destruir el sentido que se ha hecho realidad en la vida de un hombre?
Como todo lo pasado es y será verdad, podemos incluso decir que es eternamente verdadero. Todo lo que en el pasado nos ha hecho felices y hemos hecho bien descansa en la verdad eterna, protegido de cualquier intento de transformación. Tenemos, pues, un motivo para sonreír. ¿Y tenemos motivos para echar de menos el pasado? Más bien tenemos motivos para alegrarnos de que el pasado haya sucedido.
Si ahondamos en este pensamiento, podríamos decir que la queja y la satisfacción son dos polos singularmente opuestos que se alternan en función de cómo observamos una misma «cosa». Un joven de 16 años que llora ante la tumba de su cariñosa madre puede pasarse la vida riñendo con el destino por haberle robado a su progenitora, pero también puede pasarse la vida agradeciéndole al destino el hecho de haber tenido una madre tan cariñosa durante los decisivos años de la infancia. Ambas cosas son ciertas, pero la elección es suya. Lo mismo podríamos decir de una persona que a los 50 años contrae una enfermedad incurable. También puede demostrar su más amargo enfado por la limitación radical de su esperanza de vida, pero también puede mirar atrás con satisfacción al medio siglo de vida que ha pasado protegido del peligro. Ambas cosas son ciertas, pero la elección es suya.
Frankl desarrolló un método terapéutico para superar trastornos de ansiedad mediante el cual el temor desmesurado de un paciente se cura movilizando humorísticamente un deseo contrario e irracional en el propio paciente. Se trata del «método de la intención paradójica», del que ya hemos hablado en páginas anteriores. Su funcionamiento se basa en el hecho de que los sentimientos de deseo y de temor se reprimen mutuamente. Por ejemplo, difícilmente se puede tener un miedo descomunal a los ratones y, al mismo tiempo, se puede desear fervientemente tener un ratónenlo. Una sensación neutraliza a la otra.

Un cierto paralelismo se podría imaginar con un planteamiento terapéutico que anulase las quejas y descontentos de personas gravemente angustiadas haciéndoles ver todos los obsequios que el destino les ha regalado: una aclaración profundamente aliviadora.

EJEMPLO

Una de mis alumnas trabajaba en una residencia de ancianos. Allí conoció a un viudo de 70 años con una pierna amputada que se pasaba el día sentado en silencio en su silla de ruedas, de cara a la pared. No sin dificultades, mi alumna se ganó la confianza del hombre y consiguió que le hablase. Por etapas, el anciano acabó descargando en ella sus profundas preocupaciones. Le explicó que era un fumador empedernido y que, hacía año y medio, mientras iba en bicicleta un gélido día de invierno, se le congeló una pierna (de fumador). Tras un desacertado intento de «descongelarse» la extremidad con la estufa del salón, tuvo que ser trasladado a un hospital. Volvió a su casa con una sola pierna. No supo desenvolverse bien y empezó a consumir demasiado alcohol, dejó de cuidarse y desatendió las labores domésticas. Entonces llegó su hermano y, utilizando un truco sucio (le dijo que se iban juntos de excursión al campo), lo ingresó en un centro psiquiátrico. Allí le obligaron a llevar una cura de des intoxicación y después lo trasladaron a la residencia. Odiaba a todo el mundo: odiaba a su hermano, porque a sus espaldas vendio su casa; a los médicos, porque le prohibieron el único consuelo que le quedaba, y a los cuidadores de la residencia, porque la única atención que tenían con él era lavarlo y vestirlo como a una muñeca. Nada escapaba a su odio...
En el transcurso de largas y pacientes conversaciones, mi alumna propuso al viudo una interpretación corregida de su vida. Para ello recopiló en primer lugar «todas las cosas pasadas que le han hecho sonreír». Su matrimonio (sin descendencia) había transcurrido bajo el signo de la tranquilidad y el compañerismo. Su esposa había trabajado con empeño y juntos se habían podido permitir la compra de una vivienda. Tras la muerte de la mujer, el hombre vivió una época rica en experiencias en la que, con un coche prestado, salía de viaje «como un vagabundo» y pasaba ratos realmente divertidos. Ciertamente, aquellos días acabaron repentinamente por culpa de la amputación, pero ahora había que verlos con la verdad en la mano: ¿qué había sucedido realmente? Su mala suerte se la había ganado en gran parte a pulso, con el tabaco,el intento de descongelación y su propia desatención, pero siempre había tenido a personas a su alrededor que habían mitigado su desgracia. Efectivamente, por sorprendente que le pareciese, su hermano le había salvado la vida —si bien mediante un engaño— cuando él amenazaba con desatenderse, los médicos le habían salvado el juicio cuando él amenazaba con embrutecerse por culpa del alcohol y los cuidadores le estaban salvando su humanidad al mantenerlo cada día limpio y aseado. Además, el dinero de la venta de su casa le garantizaría, hasta el día de su muerte, una vejez agradable, con un techo, comida caliente, una silla de ruedas eléctrica, cuidados médicos, etc. Aprovechar todos estos obsequios generosos o quedarse callado en su obstinación y comerse todo su odio, dependía de él...
El resultado a largo plazo de esta conversación logoterapéutica fue que el viudo dio la espalda a la pared de su habitación y empezó a realizar ejercicios de rehabilitación regulares. Su cuerpo y su mente se hicieron más flexibles e, inmediatamente, empezó a «vagabundear» alegremente por la residencia, hablando aquí y allí con los otros residentes sobre las últimas noticias internacionales o discutiendo con ellos sobre las películas de la televisión. Sea como fuere, había obtenido la consideración que tanto había ansiado y su perplejo hermano recibió de él un beso de reconciliación cuando, esperando lo peor, fue a visitarlo a la residencia.

Podríamos comparar estos ejemplos prácticos con un árbol de Navidad que tiene preparados obsequios pequeños y variados para todos, jóvenes y mayores. A uno le depara un cuidado maternal de dieciséis años de duración, y a otro, medio siglo de salud estable. Para un tercero hay probablemente entre los obsequios un talento especial para los idiomas o el bricolaje. Al cuarto le está guiñando el ojo una fiel compañera de fatigas y el quinto está protegido en la red social de una civilización avanzada, etc. No obstante, hay regalos que no están en nuestro árbol de Navidad o no los tenemos tan al alcance como quisiéramos tenerlos. Los podemos ver en árboles ajenos, pero los buscamos en vano en el nuestro. Entonces, dependerá de nosotros la manera de celebrar esta particular fiesta de Navidad, del nacimiento: con lágrimas en los ojos o con una sonrisa en los labios; con el derecho equivocado a pedir los regalos que uno quiere y que no existen o con la satisfacción agradecida de no encontrar nuestro árbol vacío.

3. Rendirse al misterio

La siguiente cita de Frankl conecta con el razonamiento anterior, pero también enlaza con un componente adicional:

Cuando señalo algo con el dedo a un perro, el animal no mira en la dirección que marca el dedo, sino el propio dedo, y si es un perro malo, lo intentará morder. Es decir, la función señalizadora del acto de apuntar algo con el dedo es desconocida para el perro, incomprensible en su mundo.
¿Y el hombre? Desde su mundo, tampoco es capaz de interpretar los signos que puedan llegar del ultramundo. No entiende, por ejemplo, el sentido que pueda tener el sufrimiento. No puede comprender la pista que se le da y, descontento con el destino, muerde el dedo.

El componente adicional de esta cita se refiere a la incapacidad del ser humano de entender el sentido de una tragedia. Nadie comprende por qué tiene que padecer dolores físicos o psíquicos ni por qué en el mundo hay hambre, pobreza, guerras, catástrofes y muerte. ¿Por qué el diseño de la Creación no podía haber sido más benévolo? Una pregunta desafiante, aunque lógica, para la cual no disponemos de ninguna respuesta. ¿A quién le sorprende, pues, que en esta ausencia de explicaciones proliferen interpretaciones del sentido críticas y dudosas, como la imagen de un Dios castigador? El ser humano no comprende el sentido del sufrimiento, y punto.
Otra forma completamente distinta de plantearse el dilema sería: ¿no existe realmente un sentido adecuado al sufrimiento? No porque no veamos ningún sentido tenemos que deducir que dicho sentido no existe. En el Universo hay miles de millones de planetas y galaxias que no vemos, ni siquiera con los telescopios más potentes, y sin embargo existen. Limitar lo existente a lo percibido sería, también desde la lógica, una reducción totalmente inadmisible. Por ello, hasta un destino trágico e inalterable escondería un sentido oculto que no nos podemos figurar porque está más allá de cualquier capacidad humana: un sentido inimaginable.
Dos argumentos lo sustentan. Por un lado, no hay nada en la naturaleza que no tenga sentido, tal como hemos podido comprobar hasta hoy. En cada ínfimo detalle, en cada tallo, en cada granito de sal y en cada concha de caracol, la naturaleza ha «pensado» y ha contado con algo para concebir tan geniales milagros, incluida la «vida espiritual». ¿Cómo podría entonces escapársele un error espantoso?
Por otro lado, el horizonte de comprensión de esa «vida espiritual» es tan amplio que llega hasta los mismos límites de la comprensión. El hombre, a diferencia del animal, conoce sus limitaciones, con lo cual también reconoce, estrictamente hablando, un más allá de sus límites, ese «ultramundo» al que Frankl se refería en la cita anterior:

Desde su mundo, [el hombre] tampoco es capaz de interpretar los signos que puedan llegar del ultra-mundo.

¿Qué significa esto para un doliente, un enfermo o un moribundo? Significa renunciar abiertamente a la pregunta provocativa del porqué y rendirse al misterio. Rendirse con la confianza puesta en la existencia de un misterio, de un sentido escondido más allá de nuestra comprensión que, de alguna manera, justifica todo lo padecido y lo lleva por el camino correcto, por muy inaceptable que parezca; la confianza de que el dedo que señala es más que un dedo, es una pista. O, en palabras de Miguel Ángel Buonarotti: «Dios no nos ha creado para abandonarnos».

4. Última tarea: la obra maestra

Hemos partido del hecho de que podemos organizar casi cualquier dolor. Y si tenemos que renunciar a quitar el velo que esconde el sentido misterioso de los malos momentos de la vida, también seremos capaces de organizarlos juiciosamente. Tenemos la libertad de introducir un significado en algo que, de todos modos, tampoco somos capaces de explicar.
Una crónica real nos ayudará a ilustrar esta posibilidad que nos permite, cuando es debido, elegir una última tarea y culminarla magistralmente, satisfaciendo un sentido en la vida hasta el último momento. Sólo es una posibilidad, pero hace más fácil el adiós e ilumina con luz eterna a quien se despide.


CRÓNICA

En el transcurso de una formación para trabajadores y trabajadoras de comunidades residenciales terapéuticas, tuve la oportunidad de visitar un asilo para enfermos de sida en Sicilia.
Los residentes del asilo eran sobre todo hombres jóvenes que, a través de la mafia u otras vías, habían caído en la drogadicción durante la adolescencia y se habían infectado. Condicionados por su «carrera» narcótica, habían roto hacía tiempo todas sus relaciones, tanto familiares como sociales. Además, muchos de ellos habían cometido delitos criminales y habían sido encarcelados. Con la enfermedad ya avanzada, los médicos no habían podido hacer nada más por ellos y, a falta de un hogar donde vivir, fueron trasladados al asilo para pasar sus últimos días.
Quien ha tenido alguna experiencia con enfermos de sida sabe que la última fase es extraordinariamente dolo-rosa y humillante debido a las diarreas permanentes. Los rostros de aquellos jóvenes todavía reflejaban algo de belleza, pero sus cuerpos estaban totalmente consumidos y sacudidos por los temblores de la enfermedad. Aunque lo más terrible era la falta de esperanza y la resignación, la espera pasiva de una muerte contra la cual se rebelaban con cada fibra de su corazón.
En este contexto, los trabajadores del asilo, que habían recibido una formación logoterapéutica, pusieron en marcha un experimento. Se trataba de crear, con la ayuda de un patrocinador, un taller de pintura de iconos dirigido por un artista ruso del lugar. El tamaño de los tableros de madera en los que se pintaban las imágenes dependía de cada enfermo, en función de las fuerzas que todavía le quedasen. El motivo también era libre; no debía ser necesariamente religioso. Entre ángeles e imágenes de la Virgen, también se eligieron paisajes y escenas de los pueblos donde habían crecido los enfermos, cuando su mundo todavía estaba intacto.
Y así, los que quisieron (y quisieron todos) empezaron a pintar su cuadro. Disponían de asesoramiento artístico constante, así como de caballetes y soportes para poder pintar desde la cama quien lo necesitara. Todos aprendieron a mezclar meticulosamente los colores, aplicar sutiles capas de barniz, dejar traslucir suavemente las vetas de la madera y dar baños de oro y plata. A pesar de su debilidad, los enfermos se olvidaron de su estado y pintaron con una entrega increíble.
Además, se pidió a cada uno que dedicara su ¡cono a una persona para que le fuese entregado tras su muerte; por ejemplo, a un antiguo amor o alguien a quien quisieran pedir perdón. Hubo dedicatorias bastante conmovedoras, como la de un joven enfermo de sida que brindó el icono en el que trabajaba laboriosamente a su padre, a pesar de que éste no quería saber nada de su hijo drogo-dependiente desde hacía años. Otros dedicaron sus imágenes a los cuidadores del asilo, a quienes querían agradecer su «última ayuda»; estos iconos ocuparon un lugar de honor en el pasillo del edificio.

¿Cómo acabó el experimento aquí descrito pasados doce meses? Se obtuvo un resultado triple:

1. La demanda de analgésicos en el asilo disminuyó a la mitad a partir de la introducción de la pintura de iconos: una prueba de que los enfermos habían «olvidado» temporalmente sus dolores.
2. Los gemidos de agonía que antes llenaban el edificio habían desaparecido con la introducción de la pintura de iconos: una prueba de que los enfermos podían morir reconciliados con el mundo.
3. Pero lo más impresionante fue que durante los doce meses que duró el experimento no murió ni un solo enfermo que no hubiese terminado su icono: una prueba de lo triunfal que puede llegar a ser la victoria del espíritu sobre un cuerpo consumido.

A la vista de estos resultados, habría que aconsejar a todos los enfermos graves que no se desanimen ante la cercanía de la muerte ni dejen de vivir con un sentido en sus mentes, sino todo lo contrario: que, precisamente con la muerte cerca, empiecen su «obra maestra», sea cual sea. Tendrán todo el tiempo para hacerlo.

Del libro "El sentido del momento" de Elizabeth Lukas - Ed. Paidos